psicología sanitaria

Enfermedad mental: claves para el respeto

Max Ibarrola, psicólogo sanitario en Consultas Externas de San Juan de Dios, publica un artículo de opinión en Diario de Navarra en el que plantea una reflexión sobre el respeto necesario que  merece la persona afectada por una patología o afección de salud mental

Un artículo publicado por Diario de Navarra apela a la necesidad de actuar con respeto frente a quien padece un problema psicológico. Max Ibarrola, psicólogo sanitario, afirma que este paciente “se ve expuesto a una cierta patologización, a una casi inevitable asociación entre individuo y enfermedad mental, por parte del entorno. Si una persona no es un cáncer, entiendo que tampoco debería poder ser un depresivo, aun cuando una hipotética generalización del estado intrapsíquico de la persona nos invite a considerarlo de ese modo”.

Texto publicado:

Recientemente el Gobierno estatal ha dado luz verde a la dotación de presupuesto para impulsar la nueva estrategia en materia de salud mental. Reflexiones como que “la salud mental es un problema fundamental”, acompañadas de las tristes estadísticas que reflejan la cantidad de suicidios que se producen en nuestro país justifican cualquier inversión que se pueda hacer en esa dirección.

Uno de los aspectos que se han puesto sobre la mesa es el respeto que merece cualquier persona que padezca un trastorno mental.

Diferentes manuales diagnósticos hacen referencia a los marcos interpretativos que aporta cada sociedad a los síntomas y comportamientos que acabarán por definir un juicio clínico. En el seno de esos sistemas comunitarios se marcan los límites de las conductas consideradas patológicas.

Por otro lado, existen diferencias sobre la forma de evaluar y tratar esas desviaciones respecto a lo normativo por parte de las diferentes corrientes psicológicas, que justificarán la sintomatología desde uno u otro enfoque teórico. Esa heterogeneidad a la hora de responder a las diferentes realidades psicológicas es enriquecedora, y representa inequívocamente la complejidad de su objeto de estudio, que ha de abordarse necesariamente con disciplina y sistematización.

Desde un enfoque construccionista, para que una persona acabe por representar mentalmente una realidad, a las condiciones socioculturales ya mencionadas se suman otros factores como la percepción sensorial, los valores o las creencias.  En definitiva, la acumulación de experiencias anteriores nos llevará a ver el mundo de uno u otro modo. Esa visión no es mejor o peor que otras… Únicamente, es diferente en función de nuestras circunstancias.

Así pues, el modo en que evaluamos un comportamiento tiene que ver, en gran medida, con la forma en que cada uno de nosotros hemos internalizado a lo largo de nuestra vida ciertas normas y experiencias. A través de ellas juzgamos y nos sentimos juzgados en relación a su adecuación.

Toda conducta humana, inevitablemente se regirá por esa interpretación particular de las situaciones, un sistema de elecciones y exclusiones al que estamos naturalmente abocados. El problema al que se enfrenta una persona cuando está aquejado por unos u otros síntomas se refiere ineludiblemente a su historia individual, y afecta a todas y cada una de las personas a su alrededor, en mayor medida cuanto más cercanas.

Quien padece un problema psicológico se ve expuesto a una cierta patologización, a una casi inevitable asociación entre individuo y enfermedad mental, por parte del entorno. Si una persona no es un cáncer, entiendo que tampoco debería poder ser un depresivo, aun cuando una hipotética generalización del estado intrapsíquico de la persona nos invite a considerarlo de ese modo. Sencillamente tiene un problema que se puede extender en el tiempo, en mayor o menor medida y grado, pero que no representaría su singularidad. Deberíamos hacer un esfuerzo por externalizar el problema que lleva a una persona a la consulta de un especialista en salud mental, haciéndole entender que ser portador del mismo, en ese momento, no puede ni debe significar convertirse en él.

Entiendo que cada uno de nosotros tenemos una responsabilidad en relación a esta cuestión, ya que es en el marco de la colectividad, donde subjetivamos o enjuiciamos internamente esta realidad.

Esa interpretación que la persona aquejada puede hacer de nuestras reacciones, de ser inadecuadas, incrementará sus sentimientos de desesperanza, vergüenza o incomprensión, lo cual dificultará la remisión del problema.

No pretendo apelar a la sensibilidad social como método infalible para solucionar un trastorno de este tipo, pues son los especialistas en salud mental las personas indicadas para hacer un abordaje del mismo. Solo animo a quien lea este artículo a que haga un esfuerzo por cambiar su perspectiva y entender la importancia de no sucumbir a interpretaciones que predispongan a la estigmatización de las personas aquejadas por estos problemas.

Del mismo modo, ante ciertos trastornos tendemos a focalizar nuestra atención en una sintomatología concreta, más o menos observable, y a catalogar automáticamente su estado de salud desde un enfoque puramente psicológico, obviando la relación bidireccional entre cuerpo y mente, y por tanto la consiguiente comorbilidad con ciertas patologías somáticas a las que, en función de la gravedad del trastorno, estas personas estarían predispuestas.

De ahí la importancia de que la gestión en materia de salud mental esté alineada con el resto de políticas sanitarias, especialmente las relacionadas con las enfermedades crónicas. Es clave tener en cuenta esta circunstancia si queremos abordar el problema desde una perspectiva integral. En resumen, creo que solo tendiendo a normalizar esta realidad ayudaremos a minimizar la cronificación del problema, resistencias a la hora de buscar ayuda o incluso el aislamiento de la persona.

Por desgracia, estos dos últimos años nos han recordado lo vulnerables que somos al formar parte de esa realidad.

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